Asociación independiente

Al saber que hay peligro

Un día nos enteramos de que existe la muerte, y empezamos a preocuparnos por nosotros y por quienes nos rodean.
Y a la fuerza nos enteramos de mucho más: suceden infinidad de cosas con las que no quisiéramos encontrarnos. Para colmo, sospechamos que lo que deseamos puede no suceder.
El efecto es que vivamos con miedos.
Y el efecto siguiente es que les respondamos de alguna manera.
Hay diversas maneras de responder. Y es necesario prestarles atención; porque más que determinar cómo prevendremos los peligros determinan cómo viviremos.
Ante los peligros con que podemos cruzarnos tomamos distintas actitudes. Lo más grave del caso es que pueden no tocarnos esos problemas que vienen de fuera; pero nuestra vida puede ser arruinada ni más ni menos que por nuestra actitud
En síntesis, además de que haya peligros que rondando por la realidad puede haber un peligro mucho mayor: lo que hagamos nosotros.
Ya que nos interesa que no nos pase nada malo, empecemos por cuidarnos de nosotros mismos.
Para saber a qué pueden llevarnos los hábitos o actitudes mentales, hagamos un repaso de las respuestas más usuales de la gente ante la posibilidad de que lo indeseableincursione en su vida:

“Estoy protegido”:
Desde el principio de los tiempos el hombre creyó en dioses o espíritus que determinaban lo que no encontraba cómo explicar. De ahí derivó la disposición a congraciarse con ellos mediante rituales en que les pedía que dispusieran todo a su favor y le evitaran toda contrariedad. Hoy muchas personas se aferran a la idea de un Dios único y todopoderoso, o a la de ángeles y santos, bajo cuya protección se sienten a salvo de todo lo indeseable que podría caerles encima.
Cuestionar esta actitud no es cuestionar la religión. En lo realmente esencial de toda enseñanza religiosa no figura la idea de un Dios que determine cada hecho que le sucede a cada persona, ni la de que pueda modificarse su voluntad mediante rituales o ruegos. Estas posibilidades son un revestimiento fantasioso que los deseos o debilidades humanas agregaron a las religiones. Así, por obra de esos deseos o debilidades, la religión pasó de ser una propuesta de superación interna a una casi negociación con fuerzas externas de las que se puede conseguir un trato preferencial. Cuanto más se piensa en todo lo malo que puede ocurrir, más se suplica a esas fuerzas, y más se supone haber obtenido lo que este mundo no permite: sentirse seguro.
Las consecuencias de esta forma de vida pueden adivinarse: cuanto más se aferra el hombre a fuerzas externas, existentes o no, más se disuelve o extingue su fuerza interior. Vivir pensando que todo depende de fuerzas externas da por resultado seres débiles; no solo incapaces ante los peligros sino ante la misma posibilidad de hacer algo con su vida.

“Mejor no lo pienso”:
Esta actitud ni siquiera es una respuesta; ni siquiera es un aferrarse a una fantasía calmante: es ni más ni menos que paralizarse; enceguecerse ante la realidad para que ésta no nos asuste. Es andar por la vida negándose a dejar entrar la idea de que puede ocurrir algo malo.
Quien vive así tiende a espantarse ante quien hable de desgracias o contratiempos, y su siguiente paso es intentar callarlo o alejarlo. Lo más común es que evite ir a hospitales o sepelios y hasta escuchar noticias.
Su preferencia será vivir entreteniéndose, y buscando en el mundo exterior todos los sucesos o contenidos que cumplan esa función.
Aun en medio de entretenimientos y diversiones, no será una persona con alegría ni con paz interior; porque su estado interior será efecto del no atreverse a mirar todo lo que realmente existe; de un vivir cada día haciendo fuerza para que gran parte del mundo visible no ingrese a su área de visión.

“Está todo perdido”:
Cuando se sospecha que las fuerzas externas no podrán librarnos de todo mal, y se sabe que ignorar día tras día los males es demasiado esfuerzo, se abre una posibilidad en la que mucha gente cae: desactivar las defensas y dejar entrar al enemigo.
Si el enemigo es en este caso la posibilidad de desgracias y contratiempos, no hacer nada no significa someterse a las desgracias, sino simplemente estar ante su posibilidad. Por lo tanto, el sentimiento de está todo perdido da paso a a una adversidad aun mayor que la de una vida en la que pueda haber desgracias: una vida en la que nunca se disfrute nada.
Para disolver la incertidumbre de no saber si nos tocará una vida deseable o una vida indeseable existe un recurso feo pero fácil: grabarse la certidumbre de que la vida es fea inevitable e invariablemente; porque el orden cósmico, los dueños del mundo, o un Dios inexplicablemente cruel, lo han dispuesto así.
El siguiente paso es decir que siempre va a ocurrir lo peor; o más todavía: que siempre y desde siempre está ocurriendo, que nada puede hacer posible otra cosa. Si fuera posible otra cosa, en la vida habría riesgos. Y esa es la posibilidad más pavorosa para quien se “tranquiliza” con la idea de que está todo perdido.
Quien se aferre a esta “solución” contradecirá y hasta agredirá a quienes comenten algún proyecto con que mejorar la vida. No aguantará la menor discordia con su esquema de que está ocurriendo lo peor de todo lo posible.
Por esa vía se consigue, aunque a un precio demasiado alto, dos ventajas muy deseables para cierto tipo de personas: vivir sin esforzarse, y simultáneamente apagar la incertidumbre sobre qué irá a suceder más adelante.
Si se está viviendo lo peor, se dispone de la tranquilidad de saber que nada empeorará.
Es feo, pero lo que más le importa a esas personas es que es fácil.

“Todo se arregla con dinero”:
Esta respuesta tiene su lado práctico: determina que su protagonista, en vez de escaparle a la vida o implorar para ser ayudado, se mueva en pos de satisfacciones o soluciones. Pero es excesivamente simplista: le hace suponer que todo lo que se pierda se puede reponer recomprándolo.
Como hay quienes sobrevaloran a fuerzas externas o sobrenaturales, hay quienes sobrevaloran o endiosan al dinero. Por un lado es efecto de la superficialidad de no concebir más que cosas tangibles y comprables; por otro lado es efecto de que el dinero, aunque difícil de conseguir, es fácil de considerar. No podemos saber cómo, por qué ni cuánto inciden en nuestra felicidad o infelicidad otros factores; pero el dinero siempre es fácil de contar; siempre se sabe cuándo hay más y cuándo hay menos.
Si únicamente fuéramos a perder bienes que valen dinero, esta fórmula sería infalible; pero resulta que en la vida pueden pasarnos otras cosas.
Para quien adora los bienes externos, o tiene escasa disposición a mirar en profundidad, no suele parecer necesaria otra preocupación.
Para quien ve más allá, la actitud de pretender eliminar la infelicidad con dinero no es mala; solo es insuficiente.

Viendo estas actitudes del ser humano ante lo indeseable, no pueden dejar de venir a nuestra mente expresiones como “es peor el remedio que la enfermedad”, o “con defensores así no necesitamos enemigos”
Ninguna “fórmula contra la adversidad” tendrá sentido mientras no nos demos cuenta de lo más importante: lo que más determinará nuestra felicidad o infelicidad no serán los factores externos, sino lo que hagamos con nuestra voluntad, nuestro sentimiento y nuestro pensamiento.
No seremos felices “si Dios quiere” ni “si tenemos dinero”: seremos felices si somos capaces.
Lo que sintamos como bueno para nuestra vida, busquémoslo o construyámoslo.
Y lo que sintamos como malo, prevengámoslo dentro de lo posible; sabiendo que lo posible es más para el que presta atención que para el que no la presta.
Si tomamos precauciones ante los seres peligrosos, o ante la posibilidad de accidentes o enfermedades, padeceremos menos males que si no las tomamos. Así y todo, hay hechos indeseables que pueden caer sobre cualquiera sin que los prevea.
La mejor respuesta ante lo que no depende de nosotros es, precisamente porque no depende de nosotros, no dedicarle nuestra atención; simplemente continuar la vida en el rumbo que queremos. Nunca sabemos qué nos pasará mañana, y tenemos que ser capaces de vivir sin saberlo. Mientras vivimos, aun sin saber hasta cuándo, vale la pena hacer lo que nos parece valioso, mejorar nuestra vida con nuestra acción, aun sin saber cuánto éxito tendremos o no en nuestro intento.
Y aunque esté ahí la posibilidad de que caiga sobre nosotros lo indeseable, es mejor que siga siendo un mal probable; no un mal seguro como el que nos generaríamos con alguna de esas malas respuestas motivadas por el miedo a la parte fea de la vida.
Si nos toca alguna parte fea de la vida, que sea porque la trajeron las circunstancias y no porque la trajimos nosotros.

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